Dr. Luis Alberto Pérez Méndez


2018-09-24 / Marcos Fco. Lopez Robles

Con motivo de mi detención injusta en el estado de Oaxaca, me permití escribir la siguiente reflexión; espero que me ayuden a compartirla para crear consciencia de la grave situación que vivimos los médicos de nuestro país... Espero poder escribirla sin problemas en este infierno que es la cárcel.... Gracias a todos por su apoyo y comprensión....


Buen día...

Con motivo de mi detención injusta en el estado de Oaxaca, me permití escribir la siguiente reflexión; espero que me ayuden a compartirla para crear consciencia de la grave situación que vivimos los médicos de nuestro país... Espero poder escribirla sin problemas en este infierno que es la cárcel.... Gracias a todos por su apoyo y comprensión....

El mejor Doctor del mundo.

Yo nací para ayudar. Para salvar vidas.

Cuando tenía 18 años abandoné mi hogar para siempre, no sabía que no volvería a aquella cama jamás, no escucharía de nuevo al cenzontle posado en el árbol de guanábana y dejaría atrás todo mi pasado.

Mis padres hicieron el esfuerzo de mandarme a vivir a la capital.

En ese lugar nuevo, la transición de la adolescencia a la adultez fue abrupta, yo no sabía ni cruzar la calle en un periférico y los lugares ya no estaban al alcance de la rodada de la bicicleta que me había transportado a todos lados en aquel pueblo que dejé. Todo me daba miedo.

Presenté el examen para la carrera de medicina y quedé en una cosa que se llamaba preuniversitario, durante el cual tenías que competir contra otras trescientas personas para pelear por uno de los 80 lugares privilegiados que entrarían a la carrera. A esa edad empecé aprender, además de medicina, a desvelarme inhumanamente, a mal comer, a tolerar el estrés y a hacer los sacrificios más inhumanos que no le desearía a ningún muchacho de 18 años.

Aun así, soñaba con portar el uniforme blanco de la Facultad de Medicina, con leer los libros grandotes que todos andaban encima como animales de carga, con usar y entender ese palabrerío complejo que escuchaba en la boca de los más grandes.

Gané un lugar. Triunfé. Entré al primer módulo de la carrera. Mis padres viajaron a la capital a verme, creo que más felices que yo; como si fuera poco, en otro esfuerzo, me compraron los mejores zapatos blancos, los mejores pantalones blancos, las Filipinas y hasta los mejores calzones blancos. Tendrían que haberme visto mi primer día de clases, todo era risa con mis papás, en mi mismo, me tomaron fotos y mi madre me echó su bendición.

No sabía el viaje que se avecinaba. 5 años de carrera. En esos 5 años empecé a entender que algo iba a cambiar para siempre, empecé a saber que la medicina te quita la individualidad y te envuelve en un campo semántico de individuos destinados al sacrificio, a las injusticias, al cansancio eterno.

En esos 5 años me perdí la de cumpleaños, reuniones familiares, pasteles, partidos, conciertos, películas, bienvenidas, despedidas, nacimientos que ustedes no imaginan, no imaginan. Pero quería salir de ahí, por fin ser médico y atender a mis pacientes, así que seguí. Terminé la escuela a los 23. Era aún joven, aun pequeño, pero algo en mi cara había cambiado, ya no era yo, era alguien más.

Pero sorpresa, el año siguiente tuve que hacer mi internado rotatorio de pregrado. Lo voy a decir lo más sinceramente posible, ya no le tengo miedo al infierno porque no puede haber algo más atroz que lo que viví en esa época. Aproximadamente 15 horas de sueño a la semana, a veces 36 horas de ayuno. En ginecología bajé 10 kilogramos, pensé que me había enfermado. Averigüé lo que se siente quedarse dormido parado, querer llorar de tanto cansancio, que se burlen de ti por estar cansado, que te digan inútil , que te humillen en frente de personas desconocidas, que te exijan hasta que piensas en renunciar, que te exijan hasta el punto de querer morirte(no metafóricamente, literalmente), que todas tus buenas intenciones sean pisoteadas.

En ese mismo año por fin tuve mi primer contacto con pacientes, muchos tipos de pacientes. Personas buenas que me ofrecían comida o cuando menos compasión. Y otras que menospreciaban mi trabajo, que me miraban despectivamente, que no me dejaban ni tocarlos. Aun así algo entendí de todo eso, que mi labor era dar lo mejor de mi sin condiciones, a que no importaba cómo me trataran siempre daría mi mejor esfuerzo para dar lo mejor de mi, lo mejor de ese Niño de 18 años que inició la carrera. Así fue, aprendí muchísimo, puede que más aún que en la escuela. Desde ahí supe que lo que más me gustaba hacer se enfocaba en una sola especialidad y que quería ser yo un especialista.

Al año siguiente me tocaba cumplir con mi servicio social, en una comunidad, en un lugar en donde descubrí la marginación de nuestro país en muchos aspectos. El servicio social es muy solitario, la carretera era muy peligrosa, en tres ocasiones la combi de trasporte público (muy fea por cierto) en la que viajaba para allá estuvo a punto de salirse en un voladero. Escuché que en otros estados habían asesinado a pasantes como yo, en unidades médicas como la mía; tenía miedo, cuando la enfermera se iba a casa yo me encerraba bajo llave. Que silencio había ahí. Pero no todo era miedo, mi mayor orgullo fue poner gordito y en buenas condiciones a mi paciente crónico más descontrolado, un paciente diabético absolutamente caquéxico y con evidente carencia total de insulina. Me sentí muy bien, ese logro era mío, por primera vez sentía que alejaba de la muerte a una persona, directamente yo, con mis conocimientos. Estaba a punto de convertirme en Doctor, ya se me notaba, ya lo notaba yo. Cuanta ilusión.

También mientras cumplía con mi servicio social, estudié para mi examen de especialidad, un examen en donde compite todo México por escasos lugares (cómo era la costumbre). Gracias a Dios pasé.

Nueva ilusión. Nuevos objetivos. Nuevo uniforme blanco, nuevos zapatos y además esta vez usaría camisa y corbata. Uff! Hubieran visto cómo me veía yo de elegante. Me veía y no la creía.

¿Se acuerdan del internado? ¿Se acuerdan lo que dije del infierno? Es lo mismo pero por 4 años más. Aquí sí que me exigían, cuando piensas que no puede haber algo más exigente viene otra cosa y le gana (la medicina así es). Se repitieron varias cosas inhumanas. En el primer año puede que haya dormido unas 8 horas a la semana de las 56 horas que duerme una persona normal, no hay café que te quite ese sueño tan terrible. Me fueron convirtiendo en algo diferente a un humano, en alguien por quien ya nadie siente compasión, en un objeto de trabajo, en un esclavo, en un ente con mucha habilidad y conocimientos.

La contraparte a lo anterior fue que a lado de mis compañeros y maestros en esos años salvamos vidas verdaderamente. Personas que debieron de haber muerto salían caminando, cosas increíbles. Unos te sonreían al irse, otros te daban las gracias, otros ni las gracias, otros hasta enojados se iban. Pero que importaba eso, se iban, vivitos y coleando como dicen, a sus casas con vida, y ese era el pago más grande. Figúrense que una persona que no ha dormido nada en dos días, que lleva 20 horas sin comer, se la pasa parado frente a ti parando la hemorragia de tu hígado, te quita el bazo, repara todos los estallamientos de tus intestinos y al final tiene que ir a poner en hojas de papel todo lo que hizo y después a donde están internados los demás pacientes estables para poner más notas en papel de 30 pacientes. Pero que importa, tengo el orgullo de decir que en esa época salvé tantas vidas que perdí la cuenta.

Llegó el final de la residencia, de esos 4 años. Oficialmente a mis 30 años de vida terminé mi preparación, soy un recién graduado desempleado. Pero me queman las manos, mi cerebro está listo, quiero salir y curar a todo el mundo, quiero salvarle la vida a todos, quiero compartir mis esfuerzos por las personas, quiero ser el mejor doctor del mundo.

Si supieran cómo me costó conseguir mis trabajitos con 11 años de preparación. Pero me he esforzado mucho y mi satisfacción más grande sigue siendo verlos irse de pie a sus casas, sanos y vivos.

En este camino aprendí que no se puede salvar a todos, muy a mi pesar he visto personas morir y la conceptualización filosófica de la muerte que tengo es diferente ahora. Me considero una persona sumamente sensible, siento que me muero cuando cada paciente está aún en proceso de recuperación, porque yo soy su cuidador. Mi mayor deseo es que todos mis pacientes se vayan bien, que me sonrían y eso al final del día, que aún sigue siendo extenuante, es lo que me da fuerzas.

....

Hoy dicen que maté a propósito a uno de mis pacientes, que lo maté con dolo. Me acuerdo muy bien de él, todos los días le pienso, me dolió en el alma, ya me sentía triste; ahora con esto me siento más. No entiendo nada de nada de leyes, no sé qué hacer, lo único que se hacer es ser médico. No entiendo nada.

Van a meter a la cárcel al niño de 18 años que fui, a toda mi historia.

Si es que Dios existe, yo sé que es el único que sabe que yo intenté con toda mi alma que mi paciente se fuera bien, quien iba a pensar que presentaría la reacción alérgica más severa de todas a un medicamento que jamás se le había administrado. Cualquiera sabe que eso es imposible de saber, pero dicen que lo maté y con dolo.

Los familiares dicen que me iré al infierno, no es cierto, este es mi infierno y el infierno ya lo conozco muy bien.

Mi querido Dios, la sociedad me quiere crucificar, ¿por qué me has abandonado? Yo solo deseaba ser el mejor doctor del mundo.

Dr. Luis Alberto Pérez Méndez
Médico Ortopedista Pediatra

 

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